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  • Miguel Eduardo Camacho Gómez

La falacia de la minimización de costos en la economía local - Por Miguel Eduardo Camacho Gómez

Actualizado: 29 jul

En la teoría económica convencional ninguna idea es más poderosa ni está más arraigada que la de optimización. Alcanzar el mejor resultado posible: llevar la producción, el consumo, el gasto del gobierno, las exportaciones e importaciones o los flujos de capital a ese nivel que garantice la mejor utilización de los recursos se convierte en el objetivo a seguir al mismo tiempo que en el principio rector que define el comportamiento de los agentes económicos (empresas, familias o gobiernos).

Suponer que las empresas y los consumidores se comportarán como máquinas calculadoras y optimizadoras es indispensable e instrumental en la derivación de los razonamientos y conclusiones lógicas en economía que las sociedades demandan y esperan de esta ciencia y de sus practicantes los economistas. Esto lleva a muchos de estos, ante la insuficiente comprobación empírica de aquellos resultados esperados en teoría, a concluir que “la actividad económica debería comportarse de acuerdo con el modelo teórico; y si la realidad no lo demuestra pues peor para ella”.


Comúnmente no nos damos cuenta de que aquellos resultados en términos de eficiencia en la utilización de los recursos y de bienestar humano que propone la teoría económica están supeditados al cumplimiento de las condiciones teóricas bajo las cuales dichos resultados y razonamientos son válidos. Este hecho es particularmente evidente en el estudio microeconómico de la minimización de los costos.


De acuerdo con la microeconomía, las empresas optimizarán el uso de sus recursos limitados si producen la cantidad deseada de productos al menor costo posible. Intuitivamente esto tiene sentido: ¿por qué deberíamos utilizar recursos de más en la producción de algunas mercancías que pueden elaborarse con menores gastos? El razonamiento teórico es impecable (se utiliza álgebra lineal y métodos matemáticos de optimización para mostrarlo en los libros de texto) y su aceptación por teóricos y profesionales prácticos en el ámbito de la administración es innegable. Sin embargo, se pone peligrosamente poca atención sobre las condiciones que son necesarias para que dicho razonamiento sea válido.


¿Qué significa minimizar costos? En economía esto es producir la cantidad de mercancías que minimice los costos totales pagando el precio de los factores de la producción (tierra, trabajo y capital) según lo determine el mercado de dichos factores. Si los salarios del trabajo son relativamente bajos con respecto de los intereses, ganancias, o alquileres que hay que pagar por el capital (máquinas, herramientas, instalaciones y equipo) convendrá entonces contratar muchos trabajadores (a un precio bajo) y poco capital para producir la cantidad de productos que demande el mercado.


En esta situación no hay ni ganadores ni perdedores, todo mundo obtiene lo que se merece de acuerdo con los precios que se determinan en los mercados de factores. Si los salarios son muy bajos entonces los procesos serán intensivos en trabajo y utilizarán poco capital para garantizar la minimización de los costos. Pero ¿Cómo operacionalizan las empresas en la vida real este comportamiento optimizador? Pues pagando el menor precio posible por todos sus insumos: mano de obra, materias primas, mercancía por vender, renta de inmuebles, etc.


Si por un momento dejamos de concentrarnos en la producción y pensamos en la demanda de los bienes y servicios que producen las empresas nos encontramos con algo sorprendente a nivel de la producción y ventas locales: los ingresos de la población local determinan la magnitud de sus gastos para adquirir las mercancías producidas localmente. Y ¿cómo se determinan estos ingresos? Según los costos desembolsados por las empresas locales.


Desde la perspectiva de la empresa (micro, pequeña, mediana o grande), de acuerdo con la teoría económica, la mejor estrategia es pagar salarios tan bajos como sea posible (tan bajos como lo permita el mercado de trabajo) y buscar los proveedores de materias primas o mercancía para vender que vendan a precios tan bajos como sea posible. Pero ¿cuáles son los efectos de que las empresas en conjunto sigan esta estrategia a nivel local? Sencillo: al minimizar sus costos las empresas ponen menos dinero en los bolsillos de sus clientes (reales o potenciales).


Los empresarios creen, desinformados por la teoría económica tal vez, que las ventas de sus empresas tienen que ver con la estructura competitiva de su industria: si tienen pocos competidores venderán mucho. Pero en general ponen poca atención en de dónde vienen los ingresos de sus clientes. Si se detuvieran a pensar que cada salario que pagan; que cada proveedor local que contratan; y que cada producción que deciden emprender en la localidad influye positivamente sobre los ingresos de la población local, y por tanto en las posibles ventas de las empresas locales, seguramente se sentirían más deseosos de pagar salarios más altos y de contratar más proveedores locales.


Mientras más gasten las empresas en proveer de ingresos parala población local más fuerte será el potencial de compra de los consumidores que ejercen gasto en su propia comunidad. En el título de estas breves reflexiones utilizamos la palabra falacia. El razonamiento convencional de los empresarios es falaz en el sentido de que piensan que les va a ir mejor individualmente pagando salarios bajos y contratando proveedores externos a la localidad. Sin embargo, seguir esa estrategia únicamente debilita al poder de compra de los consumidores más importantes para muchos negocios: los residentes de la localidad.


Hay que poner la vista más allá de lo que nos indica la teoría microeconómica convencional y reflexionar sobre los retos que nos imponen los mercados locales. ¿Alguna vez se han preguntado por qué durante la temporada alta de la actividad turística los ingresos de todas las empresas son mayores independientemente de si están o no directamente ligadas a los servicios turísticos? Esto se debe a que los mayores ingresos producidos en ciertas actividades repercuten sobre la demanda en otras industrias. Por lo tanto, cabría preguntarnos: ¿Cuántas ventas más habría si las empresas locales contribuyeran a incrementar los ingresos de los consumidores locales? Esto tal vez contradice el canon de la teoría económica convencional, pero sin embargo tiene sentido en la práctica. La economía como ciencia se ha rezagado en su capacidad de orientar la actividad empresarial: nos corresponde a nosotros como sociedad organizada el remediar esta situación en beneficio de todos.

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